Sólo me puedo imaginar a mi madre diciendo con orgullo: “Ese es mi hijo”, para referirse a mí, ese defensa regordete de unos 7 u 8 años de edad, cuya labor era bastante mala. Correr detrás y lejos de la jugada, lejos de todos. Así fue mi iniciación en el deporte, así fue mi paso por los Tiburones del Veracruz, en una liga infantil de fútbol llanero. Polvo, calor, agotamiento, cero diversiones. Quizá mi madre se cansó del trayecto cada sábado, y lo dejamos.
Tiempo después, karate, ese sí que lo sufrí-disfruté (como hoy entiendo es la ambivalencia del ejercicio): obtuve cinta verde o azul, creo. La situación económica familiar hizo que lo dejara.
La clásica Educación Física (o “clase de deportes”) de la primaria y la secundaria. Cansancio, sufrir. No recuerdo objetivos claros. No creo haber aprendido nada. Y bueno, eso no es culpa del sistema educativo, pero media hora o incluso una hora de educación física a la semana poco repercute en la vida de los niños y jóvenes. Y digo que no es culpa del sistema educativo, pues deberíamos tener otros espacios y opciones para una actividad física regular.
Mi trayectoria deportiva puede sonar amplia y diversa si a la lista anterior sumamos lucha grecorromana (quizá durante un par de meses, una vez por semana), y el récord: UN ENTRENAMIENTO de futbol americano con los Venados de la delegación Benito Juárez. Fue tal el castigo a mi cuerpo, que el dolor al día siguiente me hizo decidir que eso no era para mí.
Un poco de gimnasia olímpica durante la secundaria. Me gustaba, pero, nuevamente, una hora cada semana es, en definitiva, insuficiente para desarrollar habilidades para ese (o cualquier otro) deporte. Entre mis 14 y mis 18 años, como parte de un grupo de jóvenes de formación cristiana llamado Escuadrón (del Movimiento de Juventudes Cristianas), realicé actividades diversas, entre ellas las deportivas. Creo que yo era malo en todas ellas, excepto en lanzamiento de bala, y competíamos un par de veces al año en esta prueba. Los probablemente 8 metros que alcancé estuvieron siempre lejos de los quizás 15 o más de Ermilo. Lo veo en retrospectiva y pienso que fue un logro. En la preparatoria estuve en el grupo de danza regional. Lo disfrutaba, no por considerarlo un ejercicio sino por el hecho de mover mi cuerpo, por expresarme con él. La convivencia hizo este quehacer muy divertido.
Después hubo cero actividades físicas hasta unos 4 años después de la universidad, cuando ya trabajaba; lo hice bajo la amable y bienintencionada orientación de un colega del trabajo. Además de haber gastado en unos super guantes y un cinturón de cuero padrísimo, no pasé de unas cuantas sesiones de gimnasio, con 12 a 15 repeticiones de un ejercicio aburrido (en que aislamos algún músculo). Hoy veo que el hábito no hace al monje e incluso esas compras eran innecesarias. Cero cambios en mi cuerpo. Poco tiempo. Abandono.
Ya en mis treinta, cuando los médicos me dijeron “tiene que bajar de peso”, acudí a unas clases de spinning en un estudio que estaba muy convenientemente junto al edificio donde vivía. Lo disfrutaba, me esforzaba. Si tan sólo lo hubiera vinculado a una alimentación adecuada, quizás hubiera tenido resultados.
Aún en mi tercera década comencé a practicar taekwondo, lo que me recordó mi lejana época karateca ¡Vaya que lo disfruté! (gracias, Alfredo Jiménez y José Luis Martínez Mares). Pero, por “falta de tiempo” lo terminé dejando. En otro momento hablaré de ese pretexto genial que nos ponemos. Años después regresé a intentar entrenar en un gimnasio. Era día de brazo. Aunque a mi amigo y entrenador le indiqué que yo era nivel 0 o nivel menos uno, parecía que no estábamos hablando el mismo idioma. Sin embargo, terminé la rutina… Al día siguiente, debido al dolor me ausenté de la oficia. ¿Alguien recuerda ese muppet que tenía sus brazos arriba sin poder flexionarlas o bajarlos y ayuda a otro a desprender manzanas de un árbol? Yo bien le hubiera podido ayudar. Poco antes de mis cuarenta vi a un vecino que todos los domingos regresaba por las mañanas con una playera distinta, sudado, evidentemente cansado, pero claramente a gusto. De alguna forma descubro que es un corredor. A mis 42, apareció una promoción de una marca de ropa deportiva y una tienda departamental. Hice una prueba gratuita de pisada, compré un par de tenis y me uní a un club de corredores. Consistía en 10 sesiones dirigidas por un ex medallista panamericano. Creo que este fue un primer punto de inflexión. En estas sesiones hay dirección, gradualidad en el entrenamiento y un objetivo. Unos meses después participo en mis primeros 5 km (sí, en aquel momento esa distancia fue un gran logro). Sigo con más carreras, diversas distancias. La clásica emoción de lo puedo todo y el pensamiento (erróneo) de que mientras más kilómetros acumule en la semana es mejor. Con el fin de mejorar mis capacidades decido ir (una vez más) al gym. Mmmmmmm… me doy cuenta de que debo mejorar mis habilidades de comunicación con los entrenadores. Nuevamente, indico: “S O Y N I V E L C E R O”. Nuevamente, series y repeticiones. A los 15 minutos me siento mareado; un par de minutos más y estoy vomitando. El momento decisivo llega en 2012, a mis 44 años de edad. Unos análisis preoperatorios me dan uno de los más grandes sustos en la vida…
El desenlace, en una tercera y última parte.
Mientras tanto, me gustaría que me comentaran: ¿Qué importancia le dan al ejercicio en sus vidas? ¿Qué razones tienen o han tenido para no ejercitarse? ¿No sienten que hay demasiada información, pero poco conocimiento estructurado respecto de hábitos saludables? ¿Cuántas veces han abandonado la dieta o el propósito de hacer ejercicio?, ¿por qué y cómo se han sentido?


