Tener una vida saludable no tiene por qué ser una batalla eterna (Parte 1)


Por JP

Siempre fui gordo, o bueno, gran parte de mi vida. Un recuerdo que tengo muy grabado de mi infancia está en una foto de cuando cursaba 4º o 5º de primaria. Me encontraba sentado en una banca del patio haciendo una manualidad para regalarle a mi madre en su día. Mi pantalón estaba descosido de la entrepierna (era común que me sucediera, supongo que por gordo) y mi suéter claramente dejaba ver una llanta rodada 16” al menos. Si bien trabajaba en mi creación con mucho amor (era para mi madre), hoy me veo y por la expresión en mi rostro creo que no estaba del todo cómodo. Pero me recuerdo así, gordo.

Para el deporte, nunca fui bueno. Al momento de que se armaban los equipos de fútbol era común que los capitanes se pelearan por mí:

– Llévatelo tú.
– No, llévatelo tú.
– No, yo no lo quiero,

Creo que se entiende la idea.

Durante mi adolescencia y juventud siempre que entraba a una alberca lo hacía con playera. Me avergonzaba mostrar mi prominente panza, además de que no sabía nadar. Aún no sé, pero ya no me da pena estar sin playera y sigo tomando clases de natación, convencido de que algún día aprenderé.

Ya como adulto (¿a qué edad se comienza a ser adulto por cierto?), digamos ya en la segunda mitad de mis 20’s inicié con dietas, de las que he hecho muy diversas (no diré que todas, afortunadamente tampoco estuve desesperado). También llegue a comprar aparatos de ejercicios; sí, de esos de los infomerciales de las 2 de la mañana que te agarran medio dormido y terminas comprando el ABSurdo que te promete ponerte bien mamey ¡de cuerpo completo y con sólo 10 minutos diarios!, cuando lo único que haces son crunches. Para que se den una idea, una ridiculez como la de la foto ABTOMIC, pero en la era de los 90’s.

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Eso sí, acompañada de un cuadernillo con la dieta “recomendada”, que no es otra cosa que la clásica pauta “Desayuno: 30 g de queso panela, dos chayotes y un vaso de leche descremada. Colación a media mañana: 12 medias nueces. Comida: 120 g de pechuga de pollo a la plancha, etc.”. E incluso hasta gastar años después en un completísimo equipo de peso integrado multi estación, carísimo. Terminó siendo el perchero y rack para secado de toallas más caro de la historia. Algo parecido a esto:

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La lógica era la de Mahoma y la montaña: si lo difícil era tener la fuerza de voluntad para desplazarse al gimnasio ¡Oh sí, porque también tenía la idea de que “Ejercitarse, sólo en el GYM”!, ¿Qué tal facilitarme las cosas llevando el GYM a casa? Hoy entiendo que la idea era buena, pero pésimamente ejecutada y financieramente errónea.

En otro momento probé lo que en aquel tiempo conocí como “la dieta de las grasas” (hoy sé que se llama “dieta cetogénica”), bajaba- subía- bajaba- los días libres me excedía y volvía a subir de peso- bajaba; por pena dejaba de ir con el médico y recuperaba mi peso. Frustración. Hartazgo por la falta de variedad en los alimentos y tanta restricción. Abandoné el programa.

Posteriormente, debido al éxito impresionante que vi en un amigo, llegué a una clínica que si mal no recuerdo se llamaba ABC, me parece que por “Anorexia, Bulimia y Comer Compulsivamente” El tratamiento consistía en brindar apoyo con orientación nutricional y sesiones con un psicólogo. Tenía mucho sentido. El sobrepeso o los desórdenes alimenticios en general son multicausales. No se trata sólo de intentar comer bien. Quizás escudriñar en nuestra psique y limpiar las telarañas, conocernos mejor nos ayude a estar en paz y armonía con nuestro cuerpo. Igualmente resultó por un tiempo. Por equis motivo lo abandoné. Años después tanto mi amigo como yo estábamos igual de gordos que antes de llegar a ese centro.

Tiempo después acudí con otra nutrióloga que tenía un excelente programa (NutriEduca, por si están interesados). Como parte del servicio de salud de mi trabajo. Se basaba en tablas donde agrupaba los alimentos (1 – Carbohidratos 2- Proteínas, 3- Grasas, etc.) y me indicaba cuántas porciones debía comer de cada grupo a lo largo del día. Ventajas, tenía la libertad de elegir dentro de lo ahí escrito. Si algo no estaba anotado preguntaba en la sesión posterior ¿Un taco al pastor dónde entra? Y también podía ser libre para elegir cómo ingerirlo durante el día, podía atascarme en la comida, pero dejaba cero porciones para la cena. La primera desventaja era que había que “medir y pesar” (gramos, tazas, etc.). Claro que con el tiempo desarrollas ojo y dices “eso parecen ser 30 gramos”. El “problema” fue que mi trabajo lo limitaba a diez sesiones. Por ahí de la octava o novena sesión abandoné. Si bien había avanzado en mi objetivo, aún estaba lejos del ideal ¿con que cara iría con la nutrióloga a reconocer mi fracaso? Ahora entiendo que me faltaba realizar actividad física adecuada (¿qué significa adecuada?) y además me pregunto ¿no podría haber pagado de mi bolsillo otras tantas sesiones? Estamos hablando de mi salud rayos.

En otro momento acudí a sesiones de hipnosis colectivas donde supuestamente curaban adicciones al alcohol, tabaco y comer compulsivamente. No recuerdo haber tenido éxito alguno, y ni siquiera recuerdo bien las sesiones. Estoy seguro de que me quedaba completamente dormido. Sólo perdí dinero.

En otra etapa pensé que la solución era moverme más (eso nos han hecho creer, “estás gordo porque no te mueves”). No importaba cómo me alimentara. Así que todos los días salía a caminar entre 45 minutos y una hora, dando vueltas al parque y paseando al perro. No corría porque leí un artículo de Gaby Vargas que decía que caminar era lo mejor y que correr tenía muchos inconvenientes. Ahora veo que tampoco fue la estrategia correcta.

En fin, que la tercera foto soy yo en 2012. Ya sin pena a mostrar mi “timba” en plena playa, pero aún con evidente sobrepeso. ¿Algún interesado en conocer más de mi historia? ¿Alguien se identifica con alguna parte de mi experiencia?

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