La grasa no engorda. Repito, la-grasa-no-engorda. Incluso la Escuela de Harvard de Salud Pública titula su página sobre grasas: “Disipando el mito de bajo en grasa es saludable” (Dispelling the low-fat-is-healthy myth)
La grasa que comemos no automáticamente se convierte y acumula como grasa en nuestro cuerpo, así como comer proteínas no se convierte automáticamente en músculo. Acumulamos grasa porque nuestra ingesta total de calorías – ya sean provenientes de grasas, proteínas o carbohidratos – excede nuestra quema total de calorías, así de simple.
La grasa realmente te ayuda a sentirte satisfecho, especialmente los triglicéridos de cadena media como los que se encuentran en la mantequilla o el aceite de coco. Ese tipo de grasas en realidad activan las hormonas que suprimen el hambre y te ayudan a digerir más lentamente, por ello te sientes satisfecho por más tiempo. El problema surge cuando la fuente de nuestras grasas es comida chatarra, porque esas grasas han sido diseñadas para ser adictivas y anular nuestro “interruptor de apagado” natural. Existen estudios incluso que cuando se trata de yogures, por ejemplo, los “bajos en grasa” producen menos saciedad que los que la han conservado, lo cual a lo largo del día hace que la gente coma más (de otras cosas), y por ende en vez de ayudar a perder peso, tienen el efecto contrario.
La grasa es un nutriente esencial, es necesaria para vivir. Incluso el USDA (Departamento de Agricultura de los Estados Unidos) dice que necesitamos algo de grasa saturada para mantenernos con vida. Los mitos comunes sobre la dieta nos dicen que la grasa es la fuente de todas nuestras calorías no deseadas, pero las grasas saludables son fundamentales para una dieta completa y equilibrada.
Frutos secos, semillas, pescados grasos como salmón u opciones más económicas como atún blanco (o bonito del norte) o sardina; aguacates, aceite de oliva, aceitunas, huevos enteros, semilla de linaza o de chía y el coco, son solo algunas de las deliciosas fuentes de grasas saludables disponibles para ti.
Así que, te dejo un desafío: agrega una grasa limpia y saludable (como las que acabo de compartir) a su ensalada. Trata de hacer una vinagreta de aceite de oliva (preferentemente extra virgen) o cubrir las espinacas con un huevo duro picado y un poco de almendras. Vierte una cucharada de semillas de girasol tostadas encima de las verduras o corta un aguacate y sírvelo sobre un poco de atún en medio tomate sobre una cama de lechuga escarola y arúgula. Las ensaladas tienen mucho potencial para ser deliciosas. Ahora que estamos de acuerdo en que la grasa no es nuestro enemigo, ¡agreguemos su efecto yummie de nuevo a nuestras verduras! (de las virtudes de ellas hablaremos en otra publicación).
Todo esto…

